sábado 7 de enero de 2012

¿Otra vez? (Vida, comienzo)

Escrito por: Miguel Villarreal Ortiz
@MikeyVillarreal
Publicado en blogs.milenio.com

¡Dios santo!, va de nuez. Ya abrieron los bancos y cerraron las ferias del pino. Ya nos dimos una asomada a los estados de cuenta y se nos fue el aire al piso. Ya abandonamos el corcho y terminamos de engordar. Ahora sí toca desaparecer la hueva con una tacita de café, aventarnos un clavado en la regadera (figurativamente, porque si no se van a meter un trancazo) y dejarnos de cosas.

Es grato y no lo es al mismo tiempo, aquello de arrancar un nuevo año. Hay una lucha libre, por lo menos en mi cabeza, entre el empoderamiento que implica ver otro lienzo en blanco y el soponcio que provoca regresar a la talacha; pero bueno, aquí andamos.

La mayoría de la gente por lo menos marginalmente positiva aprovecha la ocasión para sacar el marcador y enumera sus propósitos futuros. Hay intenciones más comunes que otras (“dejar de rascarme las orejas” fue el propósito de un conocido), y algunos planteamientos son menos sencillos de cumplir (“este año sí me saco la casa del Tec”), pero en general terminamos proyectando aquellas carencias que sentimos no deberían de existir.

Lo malo es que somos bien troncos a la hora de cumplir nuestros cometidos. No traemos nada. Fumarte una lista escrita en papel enrollado no sabe tan bien como echarte un cigarrillo; y es más sencillo hacerle el amor al sillón que sufrir en la caminadora. Nos cuesta porque cuesta, y yo sigo fumando. ¿Por qué somos tan maletas en este sentido?

No soy neurólogo, pero Google me explicó que existe una región del cerebro llamada Ganglio Basal que graba y automatiza los hábitos. Cuando desaparece un hábito, el ganglio altera su inscripción y la remplaza; pero basta un estímulo externo que le recuerde al hábito anterior para que rápidamente se vuelva a acomodar.

Así es que me lavo las manos. Fumo y hago tarugadas por culpa de mi Ganglio Basal. Sabía que no era debilidad si no esclavitud, y a partir de este momento nadie tiene autorización para reprocharme ni hacerme sentir como un errante recurrente. Quedo absuelto de toda ocasión que haya llegado tarde al colegio o al trabajo, y que Dios me vaya reservando un palquito en el cielo, ¿no?

Ya quisiera. No es tan fácil la cosa. Google también me informó que la mayoría de los hábitos, hasta algunos de los más tenebrosos, pueden revertirse y convertirse en recuerdo con el esfuerzo suficiente; sólo tiene que existir una motivación certera que al final prometa una remuneración mayor a la que nos otorga comer una Krispy Kreme.

Ahora, si es difícil burlar al Ganglio Basal de manera individual, en muchedumbre lo es el triple. Los malos hábitos arraigados en una sociedad como la de mí querido Méjico están al dos por peso: la corrupción y la falta de seriedad con la cual abordamos ciertas prácticas nos arranan en proporciones inmerecidas, y darles revés es complicadísimo, pues no hay ganglios en el Congreso o en Los Pinos.

Pero se puede: Vi a un amigo enflacar 30 kilos sin rebotar, y hace poco la gente pudo votar en Egipto.