Escrito por Miguel Villarreal Ortiz
@MikeyVillarreal
Publicado en blogs.milenio.com
Entra Michael Douglas de manera intempestiva a la sala de prensa y hace a un lado a su vocero oficial. Las tropas de reporteros que esperaban un comunicado de rutina tardan unos cuantos segundos en asimilar su presencia, pues no estaba contemplada. Aun así no pasan más de cinco segundos cuando todos los periodistas ya se encuentran bien peinaditos y de pie. Los propios asesores políticos de Douglas se perciben sacudidos y fuera de base.
Y es que los presidentes por lo general no se avientan al ruedo de esa manera. Normalmente se lleva a cabo un proceso meticuloso de análisis y planeación unas cuantas horas antes de los eventos. Ahí se redacta el mensaje y se comienzan a calentar las cuerdas vocales del interesado para anticipar hasta al cuestionamiento más descorazonado. Se trazan gráficos complejos utilizando las herramientas más avanzadas de la consultoría en imagen pública, y se propone una relación de conceptos y escenarios que abren las compuertas del edén para blindar al funcionario hasta las orejas. Cuando esto se hace de manera correcta, un diestro manejo de la debacle mediática más caricaturizable se antoja alcanzable.
El problema es que ante la soberbia, la novatez o la falta de tiempo, los candidatos no siempre entran bien engrasados al coliseo. Ahí es cuando llegan los tigres mediáticos y les arrancan las entrañas; como bien descubrimos todos la semana pasada.
Regresemos: la tensión que nos invade al ver Michael Douglas en la sala de prensa se disipa en un par de microsegundos. El presidente comienza a hablar de una manera tan clara y honesta (sin teleprompter) que no nos cabe duda de que posee un irrefutable dominio sobre sí mismo, y que sus palabras provienen de una sincera intelectualización con respecto al contenido de su mensaje. Sus palabras son, al final de cuentas, sus palabras.
La cátedra actoral con la cual Douglas le da vida al presidente Andrew Shepard en la película The american president (1995) merece hartos aplausos. Es un filme indudablemente pop y palomero, pero su contenido se almacenó en mi mente cuando la vi hace más de diez años. Tras el libro-gate (y sus) derivados volvió a aflorar en mi cabeza.
Vivimos en tiempos virales, en donde cualquier desliz te puede meter un trancazo en la frente. Cualquier figura pública de alto perfil que no tenga la inteligencia para interiorizar sus posturas; y que no pueda razonar lo que dice y comprender el contexto en el cual lo está diciendo, va a terminar siendo la piñata de Twitter. Podría no importarme ver osos reiterados en ferias de libros e inauguraciones de hospitales (al fin tendríamos más carnita para cocinar anuncios falsos de Gandhi), pero un lapsus así en una reunión privada de Davos o el G20, y ahí te encargo. Un presidente es la primera carta de presentación de un país y, si te tachan de babas en el recreo, van a hablar de ti a tus espaldas y nadie va querer jugar contigo.



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