Escrito por: Miguel Villarreal Ortiz
Publicado en: blogs.milenio.com
Acabo de terminar de ver la primera temporada de una serie categoría platino llamada Six feet under. La lógica mundial dicta que a mi corta edad laboral –en la que uno debe trabajar como costurero chino para ir formando un pequeño patrimonio- nadie debería tener el tiempo de completar una hazaña de este tipo. Pero patenté una solución perfecta: me aventaba el viaje todos los días mientras sudaba en mí caminadora.
Dos por uno. ¡Pow! Pude con el paquete. La experiencia me dejó varias semillas en el cerebro, pero más que aprovechar su atención para arruinarles la trama de una obra tremendamente compleja y sorpresivamente humana, me gustaría echarme un clavadazo para juntos analizar la ahora multimillonaria industria de las series televisivas.
Sepa Dios quién fue el loco que llegó con ojeras y una corbata encharamuscada a la junta de planeación anual de Fox Studios y tuvo la osadía de sugerirle al Alfa de la reunión una idea que, en pretérito, debió haber sonado más descabellada que la nuca del cuate de REM: Una colección de 24 capítulos ultra-costosos, producidos con rigor cinematográfico y anclados a la premisa de no poder ser narrados más que en tiempo real: sin saltos narrativos. Yo hubiera soltado la carcajada.
Pero 24 fue un boom. Un zambombazo. De un semestre a otro se había creado una industria monstruosa: presunta culpable de las recientes bajas de productividad y la disminución de actividad sexual en la cultura norteamericana. ¿Desempleo del 10 por ciento? Ni madres. Los gringos no imprimen sus currículos por andar viendo Glee.
Después nos tocó a los mexas. Como siempre ha sido el caso, salen las palomitas del horno americano y nos llega el olorcito irresistible hasta acá. Así es que venganche pa’ cá las series. Como estamos acostumbrados a leer subtítulos en este país (en otros lugares prefieren que los personajes caucásicos hablen en coreano mal sincronizado), el tiempo de espera entre que se estrenan las producciones en la tierra de la libertad y nos llegan acá suele ser poco. Así es que nos las aventamos calientitas.
Dada la aceptación y la amabilidad latina con la cual recibimos a estas joyitas, de trancazo se presentaron los tufos de la oportunidad comercial y comenzaron las productoras mexicanas a buscar ofrecer sus propias creaciones. Series como Capadocia, El sexo débil y El octavo mandamiento se nos han aventado en cueros desde los arbustos, como para ver si le entramos. Me di un round con El sexo débil y, pues, digamos que no es lo mejor ni lo peor que he visto. Pero me han hablado muy bien de Capadocia.
Ahora lo que me activa el sonar es lo siguiente: parece estarse desarrollando un mercado mexicano compuesto de contenido mejor producido y pensado que las telenovelas tradicionales. No termino de concluir, sin embargo, si esto es sólo moho que crece en las piedras o si es algo que puede convertirse en una pradera.
Me tortura la duda: ¿El formato tradicional de la telenovela gusta tanto aquí porque así somos como cultura, o simplemente hay pocas opciones en la antena y para muchos mexicanos no hay más que de maíz?
La respuesta “pop” suele rezar: “Esto es culpa del concubinato de las televisoras del país, que quieren aliarse para mantenernos a todos hundidos en un pantano tercermundista de ignorancia y simpleza”. Guácala. Creo que dicho planteamiento es, en sí, condescendiente y paternalista. ¿Así de indefensos somos?
En fin, todo esto lo menciono porque no estaría mal, de vez en mes, aventarme algo en español mientras me mato en la caminadora.



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