domingo, 11 de septiembre de 2011

Ya no importas (vida, cine, historia)

Escrito por: Miguel Villarreal Ortiz
Publicado en: blogs.milenio.com


Hace algunos días viajé en el tiempo. Estuvo de lujo, conocí a una cantidad obesa de celebridades internacionales en una etapa particular de sus vidas en la cual no estaban conscientes del enorme impacto mundial que tendrían sus obras en un futuro. Reí con ellos, aprendí de ellos y terminé concluyendo que siempre pensamos que los tiempos anteriores valían más la pena.

Me desplacé en el tiempo para escapar; probablemente fue por eso. No quería pensar en Larrazábal ni en Rodrigo Medina ni en los lazos fraternales respectivos de estos dos sujetos.

Así es que me senté en la silla y viajé. Abrí los ojos y me di cuenta de que había aterrizado en París. No en cualquier París, sino en el París de los años veinte. Ahí no estaba Larrazábal, por supuesto, y menos estaba Medina. Los personajes que me topé eran humanos de verdad, rellenos de agua y venas y órganos y células enteras, pesadas, sustanciales.

Poniéndole nombre a esta comitiva, me eché una copa con Ernest Hemingway y hablé del surrealismo con Buñuel y Dalí. Conversé brevemente con F. Scott Fitzgerald y su hermosísima esposa Zelda. Terminé en el loft de la matrona Gertrude Stein, donde un Picasso ensimismado apenas y notó mi presencia. Medina y Larrazábal, ni en suspiros.

Después me cayó un trueno y me di cuenta que aún me encontraba en París, pero esta vez en la etapa de la Belle Epoque de finales del siglo XIX. Ahí en un teatro estilo can-can terminé sentándome en una mesa con Henry Toulousse-Lautrec y Gauguin. Todo era fantabuloso, como de película.

Antes de que me malentiendan y me atribuyan una capacidad histórico-imaginativa extraordinaria, les revelo el hecho de que todo esto lo viví de hecho a través de una película llamada Medianoche en París (Midnight in Paris), dirigida por el ahora-reencarnado Woody Allen. Este film pequeño, sin efectos especiales y con un presupuesto esquelético, logró que durante dos horas mi mente entendiera que la verdadera trascendencia humana proviene de manantiales muy alejados de y superiores a las posiciones gerenciales de medio pelo que ostentan algunos de nuestros líderes actuales. Me devolvió el respiro al poner en perspectiva el hecho de que un puestucho efímero estatal no le alcanzará a estos compadres para dejar mancha en los conductos de la historia moderna.

En 200 años nadie se va a acordar de mi gobernador o de mi alcalde, ni sus tátara-nietos los van a reconocer en las fotografías. No habrá párrafo alguno que los rememore, pues no supieron manejar sus escenarios respectivos y transformar esas plataformas en podios trascendentes. Mis compañeros históricos de viaje, sin embargo, seguirán inspirando a generaciones enteras, regalándoles el inajenable placer de poder olvidarse –aunque sea durante unos minutos- de las atrocidades de los individuos que morirán por siempre cuando mueran.