sábado, 20 de agosto de 2011

¡Poom, zaz, pow! (Cine, entretenimiento)

Escrito por: Miguel Villarreal Ortiz
Publicado en http://blogs.milenio.com/

Hace días mi queridísima novia y yo fuimos al cine a ver el escudo giratorio del Capitán América. Esto no sería sobresaliente (la película es estándar), si no fuera por el hecho de que el film lo vimos en 4D. Así lo es, una dimensión arriba de la tercera.

Eso decía el póster, por lo menos. Técnicamente cualquier película en 3D es 4D: La cuarta dimensión implica el paso del tiempo; así es que un objeto de tres dimensiones que no permanece estático entra a ese código postal; órale.

Alejándome un poco de la vergonzosa pretensión con la que adorné el párrafo anterior, quisiera girar el manubrio y hablar de la conceptualización que los cines le dan al término 4D; ya que considero que es una tendencia (para bien o para mal, dependiendo de tu PH) que no va a pasar de moda. Como los Crocs.

Ya son varias ciudades en la república que gozan de este lujo (la última vez que pestañeé había salas equipadas con 4D en Monterrey, DF y Guadalajara) así es que es posible que varios lectores ya las hayan saludado de beso. Para los que no han tenido la ventana de oportunidad, lo plasmo:

Las salas son 3D por supuesto, pero no sólo eso. El lugar está retacado con asientos espaciales que se mueven cual atracción adulterada de Disney. Cuando Capitán América se daba un resbalón en su moto y ésta giraba al lado derecho, por ejemplo, los asientos le hacían coro.

También hay un par de bocinas en cada cabecera, las cuales aparentemente transmiten zambazos de pulsaciones agudas que te hacen vivir las explosiones como si te estuviera dando una embolia tipo A.

En medio de las dos bocinas de cabecera hay un huequito que hasta la mitad del film descubrí cuál era su función: cuando se tronó una tubería presurizada en medio de una pelea entre el Capitán y su enemigo de cráneo rojo, el agujero mencionado me estornudó en la parte de atrás de la cabeza, aleteándome las orejas. Me saqué el susto del 2011 la primera vez que me llegó el soplón, y los gritos del público al unísono me dieron a entender que no fui el único así.

También noté un hueco en la parte de atrás del asiento del frente. Así es, un orificio viéndote directamente a los ojos. Después de la despavorida que me dio la ráfaga de airecito atrás de mi cabeza, no podía dejar de mirar a este agujero amenazador y pensar temblando que en cualquier momento podía salir un dardo o una llamarada voladora. Mis miedos se disiparon cuando unos minutos después un soldado genérico lanzó un balazo directamente a la cámara y un chorretazo de agua fría voló y me aterrizó en medio de los ojos. La verdad es que durante la película juré que había llegado el Apocalipsis.

Pero fue entretenidísimo. No platiqué con mi novia, ni nos volteamos a ver. Todos los peones que asistimos nos dejamos hipnotizar por una película que creo hubiera sido, sin dimensiones adicionales, una oferta nada impresionante en el canon de los superhéroes reencarnados. Salí de ahí lleno de vigor, pero un poco confundido.

No he terminado de decidir si esto que se nos avecina es bueno, o si es un paso en falso irreversible que va a terminar colapsando los cimientos del cine comunal. Me gusta la inmersión, la experiencia totalizadora que se crea; pero no sé si es bueno andar yendo al cine para que te anden picoteando y haciendo pedazos tu espacio vital. Nadie, ni mi novia, se pone a darme sopletones por detrás de las orejas, jeje.

Vayan por lo menos una vez, pa que vean como se siente; ya terminarán formando su opinión con el tiempo.

mikeyvillarreal@gmail.com