Fuente: Blogs.milenio.com
El sábado anterior hubo una erupción lingüística, visceral y sumamente enriquecedora en esta columna. Nuevamente me dejé llevar por la bilirrubina y terminé sacando un tema que es controversial por construcción: Las acciones de Javier Sicilia. Fue un huracán, pero estoy eternamente agradecido, ya que recibí más de 40 mensajes por distintas vías comunicacionales. Fueron para todos los paladares, pero al final todos me retroalimentaron y esto –a mi parecer- es una de las mejores cosas que te puede suceder como articulista.
Pero hoy vamos a bajarle dos o tres rayitas. Quiero escupir la manzana y regresar al paraíso terrenal de los temas agradables: abordemos mis vacaciones. Como sabrán algunos, recientemente tuve la fortuna de que me pagaran un viaje inmerecido en crucero al caribe. Hay todo un canon de experiencias redactables: historias de molinos y dragones, encuentros inesperados, tesoros enterrados en el mar; pero me centraré en algo más sereno, un personaje literario que me topé durante mis andanzas.
Pero empecemos por el verdadero principio. Hace como cinco años tuve la oportunidad de pasar una semana en la hermosa/devastadora isla de Cuba. Me fui con tres amigos con el objetivo de “cultivarnos” y entender al comunismo (qué lindos y pretenciosos los muchachos). Podría centrarme en mil cosas, pero le pongo parking en el penúltimo día en La Habana, cuando aterrizamos medio sin querer en el famosísimo Bar Floridita. Además de sus dotes gastronómicas y sus daiquiris de mención honorífica, este lugar ostenta haber sido el apéndice de Ernest Hemingway durante su estadía en la isla; y probablemente el arenero en el cual se revolcó a la hora de escribir su archi-requete-recontra-rico libro El viejo y el mar.
Ahora regresemos al futuro: en el aeropuerto de Houston (iba de conexión) me acordé que lo más saludable en un crucero a mi edad es combinar el desmadre nocturno con la lectura y el bronceado diurnos, porque si sólo nos la pasamos de fiesta se nos puede averiar el radiador; así es que enflaqué mi cartera y adquirí el primer libro con una portada marítima que me encontré. Como podrán anticipar, fue una copia de El viejo y el mar.
En el barco había un área con camastros para leer. Me recosté, me quité la camisa (nada memorable, muchachas) y quedé inmerso en una experiencia meta-lingüística que seguro no olvido jamás. Estaba solo, en medio del mar, leyendo una historia que habla de alguien que se encuentra solo, en medio del mar.
La trama es mosca muerta: aparenta ser sencilla, inocente e intrascendente; pero para cuando te das cuenta ya te tiene de las patas y estás atrapado en un mundo focalizado, totalizador, sofocante y completamente creíble. Habla de la soledad, la terquedad, de la inevitabilidad del cambio y el instinto por preservar nuestra identidad.
También habla –y finalmente a este punto he querido llegar- de la relación efímera entre un hombre y el pez que él intenta pescar. Cada quien –literalmente- jala para su lado; y es tanta la convicción y el compromiso con el cual ambos persiguen sus fines, que como lector no te queda de otra más que hacer empatía con dos causas que son diametralmente opuestas.
Me devoré el libro en cuatro horas (es corto) y esa noche, entre daiquiris y música fuertísima, no pude dejar de pensar mi país.
Léanlo, altamente recomendable.



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